A 24 horas de haberme operado y extraído las muelas, me miro al espejo, y veo algo raro, no puedo ser yo, es otra persona o me han cambiado de espejo y me trajeron uno del Salón de los espejos de la desaparecida Feria del hogar (Te llama la llama). Veo algo deforme, desfigurado, puedo ver unos cachetes tan inflados como dos globos aerostáticos, y que si abriera mi ventana y me tirara, en vez de caer, rompería cualquier ley de la gravedad flotando en el aire con rumbo desconocido. Me doy cuenta que Kiko, al costado del pata que aparece reflejado en el espejo, tiene el rostro más enjuto y esmirriado del planeta.
No quiero verme, ni que me vean. Me aíslo en mi habitación, en mi pequeño universo, no sin antes, traerme mi pezziduri sabor Sublime, y endulzarme la vida, es lo único que puedo y quiero comer. Cultivaré otra vez con gozo la vagancia, elogiaré la pereza. No quiero estar tirado en mi cama, sino sentado. De manera que, agarro mi laptop, la coloco en mi pequeño escritorio, coloco algo de música, me olvido del mundo por un rato y empiezo a escribir.
Lo que les quiero contar hoy es la crónica de un chimuelo, valga la redundancia, que ya no tiene más sus dos muelitas del juicio. Así mismo, detallaré, todo lo que viví y sentí en aquellos olvidables momentos de tortura (más que física, fue mental).
El lugar del martirio sería el Centro Odontológico Americano de San Isidro. El día y hora (que uno quiero que nunca llegué, pero al final llega más rápido de lo que uno imaginaba) era un viernes a las 11 am en punto. Mi odontóloga y cirujana Ericka Azula, una joven, pelirroja y muy guapa doctora (debo confesar que tengo un especial gusto por las pelirrojas, son mi debilidad, mi talón de Aquiles, tienen un nose qué qué sé yo que me engancha al toque, en fin esa es otra historia). Ericka me esperaba, alicate en mano, para extraerme mis dos muelitas.
Quiero, antes, contarles a grosso modo como llegué, felizmente, a las manos de Ericka. Un día, decidí ir al dentista (obligado por mi madre claro) para un control general, y comenzar a arreglarme mis dientecitos "rompan filas" que tenía en ese momento, y quedar más bello y guapo (en opinión subjetiva de mi madre). Me sacaron, entonces, unas radiografías, y vieron que necesitaba extraerme cuatro muelas del juicio final que me habían salido al fondo en la mandíbula, llamadas también terceras molares. Obviamente, hasta que no me saquen esas benditas muelas no había forma de seguir con el tratamiento de reconstrucción de mis dientes.

en 22:06 Publicado por Zeke
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